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lunes, 6 de abril de 2009

Los textículos de dios.

Textículo: Híbrido de texto y versículo.



Cuidado con lo que se compra

(Mario Sánchez)

Me compré una imagen, así de grandota, de la Virgen de Guadalupe y, como mi tío Lupe es carpintero, pues le hizo un marco bien bonito. También compré una veladora, vaso con la Virgencita grabada en el vidrio y toda la cosa. Compré una caja de cerillos marca “La guadalupana”. Compré un encendedor que trae dibujada la cara de la Morenita, para cuando se acaben los cerillos. Y mañana voy a ir a comprar un paliacate que vi que trae bordada a la Madrecita Santa, para limpiar la imagen y el virginal altarcito que le mandé a hacer. ¿Me estaré enajenando?









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sábado, 21 de marzo de 2009

Los textículos de dios.


Textículo: híbrido de texto y versículo.


Sindicato y confusión

(Mario Sánchez)

Dios trabajó seis días y descansó el séptimo. Seguro fue cosa del sindicato universal o del universo sindicalizado que él creó o… No sé, tanto el origen del sindicalismo como el del universo, a veces, es confuso.











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jueves, 5 de marzo de 2009

Los Textículos de dios.

Textículo: Híbrido de texto y versículo.


 

 

Lo que pensó Descartes mientras comprobaba la existencia de dios

 

Me gusta mi cabeza pegada al cuerpo, me gusta mi cabeza, ¡qué mejor razón!

 

 

 

 

(Mario Sánchez)

 





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martes, 17 de febrero de 2009

Los textículos de dios.

Textículo: híbrido de "texto" y "versículo".

FERVOR DE PADRE
(Mario Sánchez)

Levítico 20:13: “El hombre que durmiere con otro tratándolo como si fuera mujer, han cometido un crimen él y el otro: mueran sin remedio, caiga su sangre sobre ellos.”

La escena es un clásico: Allí están el hijo y su novio en la cama, recién revolcados. El padre entra y la pirotecnia de dos balazos se copia en las paredes.
El juez, mirada penetrante, ojos de clavo sobre el filicida, dicta la sentencia: Culpable.
El acusado se ve satisfecho, orgulloso.
Las leyes de los hombres se resbalan cuando se ha cumplido la ley de dios.





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domingo, 1 de febrero de 2009

Los textículos de dios.

Textículo: híbrido de "texto" y "versículo".

El mudo
(Mario Sánchez)

Si dios fue, habría de ser, es, ha de ser, será, fuera, habría sido… mudo[1], sin palabra alguna dispuesta a pronunciarse con claridad, mero balbuceo, el Antiguo Testamento comenzaría y terminaría más o menos así:

“En el principio creó Dios el cielo y la tierra. La tierra no tenía forma ni contenía nada; negra oscuridad cubría la faz del abismo y el espíritu de Dios se cernía sobre las aguas.
“Y Dios dijo:” mjujujumna, mm, memmmeme-juju, mne mne mgsa, mujugrgr-nragmm.
Y entonces nos hubiésemos ahorrado todo el teatrito que le sigue.

[1] Disculpe usted el exceso de conjugaciones, es para dejar en claro la omnisciencia verbal, la acción sin tiempo o en todo tiempo y simultánea.


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jueves, 15 de enero de 2009

Los textículos de dios.

Textículo: Híbrido de "texto" y "versículo"; neologismo acuñado por nuestro entrañable colaborador el escritor Mario Sánchez para referirse a un microcuento. A partir de hoy cada quince días esta nueva sección en azeos.


Un caso de epifanía
(Mario Sánchez)

“Cuando despertó”, el espíritu santo “todavía estaba allí”, y para su buena suerte José aún no había llegado




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sábado, 30 de agosto de 2008

TODOS SOMOS CULPABLE

En este espacio mandamos una felicitación a nuestro entrañable amigo y colaborador Mario Alberto Sánchez Carbajal recientemente premiado con la beca del FONCA (Fondo Nacional para la Cultura y las Artes) y aquí un fragmento de la novela de su autoría que ya habíamos publicado pero retiramos ya que era requisito para obtener la mencionada beca. Felicidades Mario es un orgullo que formes parte de este modesto esfuerzo. Aquí la liga para ingresar a su sitio literario (Inlunación)

TODOS SOMOS CULPABLE
(Fragmento de novela)
Mario Sánchez

El Sapo le dio la espalda a César como señal de que no quería seguir hablando sobre eso, hurgó en la caja que llevaba y sacó un cristo tallado en madera, dio vueltas por toda la celda intentando colocarlo, no encontró el lugar propicio y finalmente hizo las latas de comida a un lado, recorrió la parilla eléctrica unos centímetros y lo dejó sobre la repisa de cemento. César miró el cristo y brincó inmediatamente de su catre, fue hacía la repisa, tomó la figura de madera y se la entregó al Sapo. Aquí nada de estas chingaderas, dijo César exaltado y el sapo se sintió ofendido en lo más profundo de su fe, sin embargo, se sabía un intruso, un recién llegado, y sabía que por conveniencia lo más indicado era obedecer. César salió al pasillo y miró la lluvia caer estrepitosa. Se le apareció su madre entre las gotas que explotaban sobre los charcos, y en las ondas dejadas se le apareció la vez en que su madre lo había llevado a la iglesia para ponerse de acuerdo con el sacerdote sobre su primera comunión.

César se sentía entusiasmado y no por el acercamiento a dios, pues dios y cristo y todos lo santos le daban un poco de miedo. En realidad, se sentía excitado porque su madre sonreía ilusionada cada vez que se hablaba de César y su primera comunión, y esos ojos brillosos como granizos eran los que habían hecho que César aceptara un año de ir cada domingo a catecismo. Pero ya se le había acabado el tiempo y ahora, mientras la gente salía de la iglesia, él y su madre caminaban en sentido contrario con la intención de alcanzar al sacerdote y ponerse de acuerdo con la fecha. Su madre lo jaló del brazo hasta la puerta de la sacristía. Se detuvieron. A César, aún después de un año de acudir a esa misma iglesia, no podían dejar de inquietarle las figuras enormes de santos que lo miraban hacia donde él se movía, tantas veces, sin éxito, trató de ocultarse de esas miradas, aunque él ya sabía sus nombres y conocía lo que habían hecho y creía que habían sido buenas personas, incluso así no dejaba de sentir un poco de temor. Pero a la figura enorme que sangraba en una cruz de madera sobre el retablo, le era muy difícil siquiera voltear a verla. El que está todo lastimado me da mucho miedo, decía César cada vez que le preguntaban sobre la crucifixión.
Ve a jugar allá afuera, yo voy a ver lo de tu primera comunión, dijo la madre de César, y él obedeció y salió de la iglesia, buscó un pedazo de tierra e hizo un hoyo con una rama, sacó sus canicas y comenzó a jugar, algunos niños se le acercaron y lo retaron: quien lograra meter primero una canica al hoyo se quedaba con la canica del otro. César estuvo de acuerdo. Cuántos años tienes, le dijo un niño. Ocho, contestó César y otro niño más grande se sintió con la fuerza suficiente para arrebatarle todas las canicas, pero César no lo permitió y ambos comenzaron a jalonearse y a tirar golpes y patadas. Niños, estense quietos, gritó una mujer y logró separarlos.

César regresó a la iglesia enojado y con la playera rota, fue directo a la sacristía, llevaba el firme propósito de decirle a su madre, ¡Vámonos, ya no quiero primera comunión ni nada, vámonos a la casa!, y todo esto dicho con voz de mando, como si él fuera el hombre de la casa que ordenaba lo que se hacía y lo que se dejaba de hacer. ¡Vámonos ahora mismo!, se quedó con ganas de decir, pues la puerta de la sacristía estaba cerrada.

Adentro se escuchaban susurros, risas, voces entrecortadas. César se impacientó, pero no empujó la puerta porque su madre le había dicho que se debía tocar antes de entrar, y tocó varias veces, pero nadie respondía. Tocó más fuerte, Soy yo mamá, gritó César. Ahorita voy, dijo la madre, y después escuchó que las voces de adentro algo se decían, como si se tratara de un secreto. Le ha de estar diciendo que me porté mal el domingo, pensó César, pero no le importó porque estaba enojado y lo único que deseaba en ese momento era irse de allí y contarle a su madre que se había peleado con otro niño que intentó abusar de él, y entonces él escucharía a su madre diciendo: “No está bien que te pelees pero tampoco está bien que te dejes”, porque su madre lo aconsejaba así, con ambigüedad, excepto cuando se trataba de tocar antes de entrar o bajar los codos de la mesa o no interrumpir a los adultos, y aunque aquellos consejos no alimentaban la conciencia de César, siempre lo reconfortaba porque así él ignoraba si estaba bien o mal lo que había hecho.

No aguantó más, César olvidó buenos modales y empujó un poco la puerta justo en el momento en el que escuchó un gemido de su madre, y la miró en una posición extraña, como nunca antes la había visto, recostada sobre un escritorio de madera con las piernas abiertas, y el sacerdote en medio de las piernas de su madre con el pantalón hasta los tobillos y la sotana arriba de la cintura, y la vio gemir y la escuchó cuando ella dijo, Me da pena, así no puedo, y el sacerdote se hizo para atrás y se dirigió a la pared del fondo y descolgó un cristo y lo puso sobre una repisa con la cara y la corona de espinas frente a la pared. El sacerdote regresó, la madre bajó del escritorio, se volteó y ofreció las nalgas. César miró como el padre la penetraba y, aunque no entendía con certeza qué sucedía, algo frío en el pecho le quemaba como un cubo de hielo resbalando por el esófago. Sentía repulsión por el mundo, por dios, por ese cristo contra la pared, y de todo este odio se le llenaba la cabeza, pero él no tenía la edad suficiente para ponerle palabras y mucho menos para entrar e irrumpir aquello que su madre y el cura hacían, se sintió inválido, le temblaron los pies y las rodillas y el cuerpo entero.

No
se quedó a mirar el final del acto, simplemente se fue a sentar en una de las bancas y miró el cristo en el retablo y sintió tanto asco que tomó una de sus canicas y se la lanzó a la cara, el sonido del golpe rebotó con fuerza por las paredes de la iglesia y César se asustó, sintió como si el eco hubiese tomado venganza, y entonces una lágrima se le escapó de los párpados. Su madre salió y César la miró a los ojos y entendió que ella ya no era la misma, que sus ojos ahora estaban llenos de lodo, que en medio de sus piernas había algo que a César le causaba el mismo temor que aquellos santos mirándolo desde los nichos. Supo también que nada volvería a ser igual, y lo supo cuando su madre trató de besarlo en la mejilla y el no pudo contestar ese beso. Y así fue como César nunca volvió a sentir ganas de decirle a su madre que la quería, porque a esa edad el amor no puede fingirse. Su madre había puesto un dique inquebrantable el cual César nunca se atrevería a allanar, algo entre ellos se perdió para siempre. El sacerdote extendió la mano para despedirse, pero César le dio la espalda. Fue esa la primera vez en su vida que miró unas manos negras, plomizas, llenas de mugre.

Un granizo le golpeó la cara y lo hizo regresar del recuerdo. César miró al cielo y algo de las nubes desplomándose sobre los patios de la cárcel le dio a entender que la lluvia tardaría demasiado en quitarse. Y así fue, tres días llovió sin parar y tres días bastaron para que la cárcel se inundara.




jueves, 3 de julio de 2008

CUANDO CONOCÍ AL COCODRILO

Mario Alberto Sánchez Carbajal
Escritor - Colaborador

Recuerdo que un cocodrilo llamaba a misa.
Torpes, enredados los pies infantes,
recorrí las naves dentadas.
El pensamiento sangró desgarrado,

le corrían chorros de tinta ensangrentada

y la fuerza del cauce

arrastraba el limo hacia las orillas del juicio.


Recuerdo esa carne rasposa del hombre loco,

piel de bestia y piedra pasaban por la garganta

resbalando con un ríspido trago.

Por tanta locura tuvieron que matarlo,

nadie pide un caníbal para la carne propia,

él sí y lo habían matado por eso,

me imaginaba.


El animal, también me acuerdo,

hablaba con un golpeteo de quijadas

mordiendo la esperanza para otra vida,

Recuerdo el hocico sonando el miedo.


Rodillas en el suelo se golpeaban el pecho

(eran hombres mayores

y no quería ser como ellos

cuando me crecieran sus barbas),

percutían a puños corazón sin culpa,

porque nadie es culpable

hasta no demostrarse

que dios existe.

Lloraban lágrimas de cocodrilo,

también me acuerdo

mirarlos mojarse la máscara culpable,

insanos por alguna enfermedad.

Contagio de la fiera, bien recuerdo,

que escupía la peste del demente

Es éste mi recuerdo desde aquí.

Distancia con lo enfermo

a horas eternas de sana razón, he puesto.

Y aquí estoy bien

lejos de las fauces del cocodrilo.


jueves, 26 de junio de 2008

A PROPÓSITO DE EL GALLO HUIDO DE D.H. LAWRENCE

Mario Alberto Sánchez Carbajal
Escritor - Colaborador


III

El campesino propone resguardar al hombre muerto (Cristo) en su casa, a pesar de tener el presentimiento, casi certero, de que el encubrimiento traerá consigo problemas: “El campesino miró atemorizado a su alrededor, preguntándose malhumorado por qué se había prestado a algo que presagiaba fatalidad. El hombre de los pies heridos […]. Notaba la frescura de seda del trigo joven bajo sus pies, que habían estado muertos, y percibía la aspereza de su vida independiente.” ¿Independiente?

Y lo pregunto porque en otros textos nos hemos remitido al significado de los símbolos, pero en esta ocasión la palabra misma tiene un peso plomizo sobre la historia. La definición de la palabra independencia según el diccionario de María Moliner: se trata de un adjetivo aplicado a cosas separadas de otras cosas o sin relación con ellas, es decir, sin dependencia respecto de otras cosas. Cuando se habla, entonces, de vida independiente, se trata de que quien vive se ha separado de aquello con lo que se relacionaba. Así nos percatamos de la confirmación de esa primera negación a partir del miedo, pero esta vez es definitivo, pues quien tiene vida independiente está mostrando que se ha librado del yugo de aquello con lo que tenía una relación necesaria. Jesús está negando la religión. Podría parecernos paradójico, pues cómo negar eso que él mismo prodigaba y de lo cual fue encabezado, encabezado, en este caso, como el de un periódico que se olvida al día siguiente cuando uno nuevo llama la atención. La negación como independencia y el arrepentimiento de su error son ineludibles.


Así es que el campesino y el hombre llegan a una casa humilde construida de arcilla. Allí adentro, el campesino y su mujer ofrecen comida al “maestro”, éste come solamente para sustentar la vida, pues el deseo está muerto en él, todo lo que lo rodea, incluso lo que está dentro de su alma es una absoluta desilusión. Los campesinos, obligados por el temor causado por aquella imagen del hombre levantado de la muerte, hacen todo lo posible para que aquél esté tranquilo, enredado en la comodidad que se merece. Pero ante la inminente oscuridad de la noche antes de dormir, muy similar a una tumba, Cristo se siente aterrado y prefiera salir y tenderse sobre la hierba del patio. La mujer del campesino lo mira aterrada, como si tuviera en su patio a un muerto verdadero. Lo mira con ese terror que aun actualmente causa la imagen de Cristo, ya sea en la cruz; ya sea, bajado de ella.


Al día siguiente “El hombre que había muerto observaba el gran impulso en la existencia de las cosa que no habían muerto, pero ya no veía su trémulo deseo de existir y de ser.” El desencanto es completo, al puro estilo de los personajes de Onetti en Tierra de nadie: permanecer vivo es ir pudriéndose en vida poco a poco e irremediablemente. ¿Será que después de la muerte, para aquellos que creen, lo prometido es puro desencanto, como le sucede aquí al mesías? Si es así, entonces lo prometido es peor que el sacrificio en vida para alcanzar lo prometido; entonces no vale la pena creer por la promesa de otra vida. “Yo no lo sé de cierto, pero” me parece un buen punto para armar una discusión o pensar ensimismado buscando respuesta.


Todas las mañanas, el hombre sale a tenderse al sol, y el astro es el único elemento que le infunde un poco de vida, de ánimo. En una de estas visiones del mundo vivo, Cristo lleva su mirada hasta topar con el gallo dentro del corral y amarrado de una pata. Es entonces cuando Lawrence evidencia un enfrentamiento entre la vida y la muerte, una clara división entre opuestos complementarios: “Y nunca el hombre que había muerto veía sólo al ave, sino a la breve y nítida ola de vida de la que el gallo era cumbre. […] Al hombre le parecía oír el extraño discurso de la vida, mientras el gallo imitaba triunfalmente el cloqueo de su gallina favorita.” El encuentro entre la vida y la muerte es claro, sin embargo no es sólo esto lo que el escritor quiere mostrarnos. En un texto anterior hablamos de que el hombre envuelto en el sudario niega su propia muerte, justificándose con el hecho de que lo habían bajado demasiado pronto, asimismo comentamos que uno de los significados del gallo, en tanto símbolo, es la actividad. Y en este momento la actividad del gallo se nos presenta como la vida misma, así queda claro porque, a pesar de la negación, Lawrence sigue llamando a Cristo el hombre muerto, pues en el enfrentamiento de la vida con la muerte nos percatamos de que sólo se hace referencia al funcionamiento físico, es decir, Jesús está vivo porque puede mirar y sentir el mundo que lo rodea, porque camina, habla, escucha e incluso come lo necesario para resistir. Mas, por otro lado, está muerto porque el ánimo ya no le funciona, porque ese soplo que es el alma está recostado sin esperanzas en el lecho desde donde se mira el andar perenne de la vida, es un Cristo desilusionado que está vivo pues el cuerpo funciona, pero la ilusión ya abdicó a su trabajo. Es tan humano que entristece. Con esto Lawrence niega el sacrificio de Cristo por la humanidad y por lo tanto se niega el amor prodigado, y entonces, como bien dice Villoro en el prólogo a este cuento: Jesús no nos ofrece el amor sino el cadáver del amor. Y finalmente es eso a lo que nos enfrentamos en las iglesias, pues quienes van no dialogan con el muerto sino con un cadáver, y los hemos visto besarle los pies al cadáver, hablar con el cadáver, prometer al cadáver, vender la voluntad entera y poner la vida en manos del cadáver. ¿Quién no los ha visto con ese dejo de tristeza que da ver a nuestra especie humillándose?


Es esta misma escena Cristo mira al gallo moverse hasta los límites marcados por la cuerda amarrada a la pata; lo mira estirar todo su plumaje intentando alcanzar a su gallina favorita. Pero el gallo desiste y rendido se echa en un rincón. Por la noche, la gallina se acerca entregándose y Jesús los ve aparearse, una vibración de plumas confundidas que se trastocan en la imagen del “borde de una ola de vida superpuesta a otra durante un minuto, en la marea del ondulante océano de la vida.”.


Al atardecer el campesino regresa para darle la noticia de que ya se han percatado de que el cuerpo no está en la tumba, que lo han robado y los romanos ya están enterados y en su búsqueda. El maestro le contesta que debe guardar silencio para estar a salvo. Y al ver la figura del campesino, su aspecto estúpido, carente de fuego, sin brillo, de polvo ((el hombre que había muerto pensó: “¿Por qué, entonces, habría de elevarse? A los terrones se los revuelve para que se aireen, no se los eleva. Dejemos que la tierra siga siendo terrenal, y que el cielo decida por sí mismo. Me equivoqué al elevarla. Me equivoqué al tratar de inmiscuirme. La reja del arado de la devastación penetrará en el suelo de Judea y revolverá la vida de este campesino como la tierra del campo. Ningún hombre puede salvar a la tierra de la labranza. Es labranza, no salvación…”)). Esto evoca el hombre mientras mira la figura enteramente terrenal del campesino, y se da cuenta de que su intento por redimir el mundo no fue sino un ensayo fallido; deja la soberbia a un lado y cada vez es menos divino, se incorpora a la humanidad renunciando a aquella megalomanía de cuando predicaba lo que ahora reconoce como un error. Jugó con el mundo, se equivocó y ahora cae a la tierra, desgajándose, junto con su soberbia.

Al día siguiente el hombre que había muerto se levanta para dirigirse hacia el huerto donde está la tumba vacía. Mira a una mujer nerviosa vestida de azul y amarillo asomándose al hueco en la tierra. Ella vuelve la mirada hacia él y grita “¡Se lo han llevado!”, a lo que Cristo replica pronunciando un nombre “¡Magdalena!”…


martes, 3 de junio de 2008

(II) A PROPÓSITO DE EL GALLO HUIDO DE D.H. LAWRENCE

Mario Alberto Sánchez Carbajal
Escritor - Colaborador


II

“Estaba solo, y, como había muerto, se hallaba incluso más allá de la soledad”, continúa el cuento de El gallo huido de D.H. Lawrence. Cristo baja por la pendiente rocosa y se aleja hacia el lado opuesto de la ciudad alzada a sus espaldas. Anda por un camino que se adorna en sus costados con olivos, anémonas y hierba verde, espesa.

Aquí nos detendremos para considerar qué significado podrían apuntar estos símbolos como apoyos de la historia. Los olivos en dos de sus múltiples acepciones: caridad y protección pacífica; y ambos elementos jugaran en la historia un poco después, cuando Jesús se encuentra con el campesino. Por otro lado, las anémonas aparecen comúnmente como representación del dolor, lo efímero, la enfermedad, la pena, la muerte; aparecen con frecuencia entre las gotas de sangre caídas del cuerpo de Cristo, estos elementos entonces, la mayoría pertenecientes al sufrimiento, recalcan el dolor que el personaje encarna. Asimismo la sangre caída del cuerpo refuerza aquella imagen antes mencionada y grotesca del Cristo sangrante, llevada hacia lo estético a partir de la belleza que de la imagen de una anémona se desprende. El verde de la hierba simboliza la esperanza, el futuro, el azar, lo imprevisto, la mujer en promesa; todas pertenecen a una sensación de incertidumbre de quien se levanta de la muerte y deja “lo atrasado en el pasado”, para abrirse camino hacia aquello que no se sabe. Sin embargo, el símbolo más importante es el de la mujer en promesa, pues esto apunta hacia el erotismo, la unión de dos cuerpos, el amor carnal, obligado en Lawrence, de aquello que vendrá mucho más adelante.

Ya hecho el apuntalamiento de estas pistas importantes que fungen como elementos imprescindibles del cuento, la anécdota sigue y Cristo se percata de lo que lo rodea, de “[…] el mundo natural de la mañana y la tarde, por siempre inmortal, en donde él había muerto.” Y sigue andando aletargado, semiconsciente, como una sombra que pasa haciendo equilibrio sobre la cuerda que divide la vida de la muerte.

Cristo escucha un cacareo y se estremece. Ve a un gallo negro y naranja posado sobre una rama. Mira a un campesino correr entre la hierba persiguiendo al gallo. El hombre pide a Cristo que detenga al animal, a su gallo huido, y él muerto extiende el sudario que lo cubre, como un par de alas. EL gallo cae y el campesino se arroja sobre él para levantarlo, lo alza y lo aprieta contra su costado, bajo el brazo, mientras lo acaricia con la otra mano. Finalmente el campesino reacciona y queda boquiabierto ante la imagen terrible del rostro muerto, los ojos muertos, las cicatrices aterradoras en la frente de Jesús: “No temas —le dijo el hombre envuelto en el sudario—. No estoy muerto. Me bajaron demasiado pronto, así que me he levantado. No obstante, si me descubren, volverán a hacerlo.” Este diálogo es una vuelta, una torsión que transgrede por completo la historia, como historia supuestamente real y también ficticia.

Pues Cristo al negar su muerte se está transformando en un ser humano igual a cualquier otro, un hombre que cobardemente escapa de todo aquello que antes había hecho, de esa mala experiencia que fue un error y la cual no está dispuesto a repetir, no quiere sufrir su propio drama una vez más, entonces huye lleno de miedo: “[…] si me descubren, volverán a hacerlo.”, le dice al campesino. Aquí observamos claramente una gran transgresión propuesta por Lawrence, pues Cristo, además de humano abotagado de miedo, está negando toda su doctrina al aceptar que fue un error por el cual no piensa volver a sufrir; al tener tanto miedo es porque se sabe desprotegido del ser supremo, así niega a su padre y a él como hijo enviado para un fin específico, malogrado; y sin estas bases está negando el cristianismo entero, anula su propia doctrina. Y el redentor, magnánimo, sublime, se convierte en un cobarde, en un fugitivo de él mismo, de lo que él provocó al equivocarse.

Y bajo la lógica de este cuento, ¿no será que quien se apega a dicha religión es cobarde porque quien fue su redentor, la máxima del ejemplo, fue cobarde?, ¿será esto lo que Lawrence, entre líneas, propone en cuanto a los que ateridos de miedo creen en un ser supremo?, ¿pues si el hijo tuvo miedo al saberse desprotegido por el padre, yo, siguiendo su ejemplo, no debo tener también miedo del padre y entonces rendirle todo tributo para no despertar en él la ira? Tal vez preguntas al vuelo, pero todas susceptibles de pensarse ante el reto impuesto por un excelente cuento.

Podemos atisbar ya con mayor claridad el porqué el cuento lleva por título El gallo huido. Ya sabemos que el gallo simboliza la resurrección, que el adjetivo nos muestra la cobardía de quien se levanta de la muerte, y lo sabemos porque Lawrence, con maestría, junta ambos elementos en esa acción donde Jesús ayuda al campesino a atrapar al animal que quiere huir, que es un punto cumbre en el cuento y donde el mesías se muestra como un cobarde que nunca murió, que permaneció vivo como todo este tiempo lo estuvo el gallo.

Y el campesino, lleno de miedo frente a la imagen del muerto (Lawrence lo seguirá llamando así, aunque el mismo Cristo haya negado su muerte), le propone ocultarlo en su casa…


domingo, 25 de mayo de 2008

A PROPÓSITO DE EL GALLO HUIDO DE D.H. LAWRENCE

Mario Alberto Sánchez Carbajal
Escritor - Colaborador


I

“Mi gran religión es la creencia de que la sangre y la carne son más sabios que el intelecto.”, decía David Herbert Lawrence (1885-1930). Escritor inglés que dedicó sus letras a resaltar el erotismo, a hacer del contacto de dos cuerpos un acto casi religioso; un erotismo primitivo encarnado y corriendo por la sangre a partir del deseo fanático. Mencionaba Octavio Paz que se trataba de una religiosidad que apuntaba a la energía misma de la vida. Así, en el contexto de Inglaterra a principios del siglo XX, Lawrence no sólo transgredió la moral con el tema de lo erótico, sino también trabajó sobre el terreno espinoso de la religión. Y estas razones bastaron para que varios de sus textos fueran censurados.

El gallo huido, es el segundo de los tres cuentos reunidos en El hombre que amaba las islas
(1), cuento escrito poco antes de su muerte, allí hace esta conjugación de tratar los temas de la religión y el erotismo. En el prólogo a este libro, Juan Villoro supone la experiencia que se encarnó en Lawrence como origen de dicho cuento. Ocurrió en su infancia en una iglesia en Sicilia: ´Ante un Cristo sangrante le preguntó a una mujer por qué esa efigie era tan cruenta y ella le respondió: “porque hizo sufrir a su madre”. [En El gallo huido se evidencia que:] El pecado de Cristo es su abandono de la vida: no ofrece el amor, sino el cadáver del amor´.

Estos datos, aunque someros, nos sirven de introducción para ir relatando de manera general la anécdota y hacer un análisis sobre el cuento, situación pertinente, pues Lawrence es un escritor que se presta a múltiples interpretaciones, de la cuales, por supuesto, nos enfocaremos en la parte religiosa. El cuento es extenso y es por eso que ésta es una primera parte de otras tantas. Se trata, grosso modo, de una historia distinta de lo sucedido después de la resurrección de Cristo. Bueno, pues sin más introducción y aclaraciones, ¡a lo que te truje, Chencha!


El cuento comienza cuando un campesino de Jerusalén adquiere un gallo de pelea raquítico. El gallo, con el transcurrir del tiempo, va adquiriendo cierto porte hasta verse espléndido, envuelto en una gran belleza. El campesino vive con su esposa en medio de la pobreza, donde parece resplandecer el plumaje espeso y de tonos anaranjados, la figura toda del gallo atado de una pata dentro del corral. Con un uso sutil de la prosopopeya, Lawrence nos muestra un animal dotado de hermosura, de cierta inteligencia o entendimiento humano; adquiere características particulares que parecen forjar una relación especial con el campesino, quien siente gran orgullo al saberse dueño del animal. Sin embargo, esta forma de actuar del gallo, así como su descripción física, también parce ser el principio de una revelación. Y así sucede, pues simultáneamente, mientras el gallo parece humanizarse, en otro lado un hombre comienza a despertar en el interior de un hueco tallado en la roca. Entumecido, rígido, dolorido, aprisionado por un vendaje, con las manos y pies heridos, el hombre cegado por las ataduras reconoce que está despierto. “Lenta, muy lentamente se arrastró fuera de la celda de roca con la precaución del malherido.”.


Debemos reparar, entonces, en este suceso, pues la descripción de la resurrección es grotesca. Si parece estéticamente bella es por la entereza del oficio de Lawrence; por la precisión de sus palabras; por su capacidad descriptiva. Sin embargo, al tratarse de acciones simultáneas, tanto el hombre que se levanta como el gallo están funcionando como dos entes que se comparten, hay una intensión de reciprocidad y contraste. Como si se tratara de un entendimiento metafísico (en su acepción común) que los hace dos seres que podrían ser uno e intentan comunicarse sin palabras: un entendimiento de animal a animal. El que se levanta, humano y mostrándose grotesco; el que permanece en el corral, cargado de una especie de razón primitiva y abotagado de belleza. Es decir, Lawrence nos hace sentir que ciertas características específicas a uno y a otro han permanecido en quien corresponden, de igual manera otras se han permutado. Se trata, de primera intención, de una transgresión a lo religioso, pues ya está puesta la comparación del gallo, un burdo animal, con la efigie sublime del hijo de dios.

De igual manera, no sólo es la comparación, sino que a partir de la descripción del hombre que se arrastra para salir de un hueco de la tierra, lo grotesco está en que parece más animal que aquel echado en el corral, parsimonioso. Lawrence pone a Jesús a reptar para salir del hoyo, imaginamos entonces la inmundicia plena de un hombre herido, sucio, lleno de vendas por las que se traslucen manchas de sangre; un hombre arrastrándose por la tierra saliendo de un hueco en la tierra; un hombre hecho a imagen y semejanza de los insectos y roedores subterráneos. ¿Parce esta una transgresión grave para la creencias religiosas Inglesas de principios del siglo XX, aún con el resabio de la sociedad Victoriana, cuando Freud está siendo juzgado por los mismo científicos por transgredir la moral con sus teoría que parten de bases instaladas en la sexualidad?.

Debo aclarar, antes de concluir esta primera parte, que al margen del texto, me di a la búsqueda del significado que podría adquirir el gallo como símbolo cristiano. El gallo simboliza la resurrección, la pasión de Cristo, la lujuria, los remordimientos. Así es que comenzamos a columbrara hacia dónde va Lawrence con este cuento, más adelante veremos como el título es un guiño del cual podríamos intuir el tema central.


En otros textos hemos hablado de que la religión gana el respeto, la creencia ciega, a partir del miedo. Así, en la siguiente parte veremos cuál es la mirada de Lawrence acerca de este tema. Solamente diré que Jesús, después de haberse levantado, caminó y fue a encontrarse con el gallo y el campesino…

(1) Lawrence, D.H., El hombre que amaba las islas, Ed. Atalanta, España, 2007.

viernes, 4 de abril de 2008

PETICIONES A DIOS

Mario Alberto Sánchez Carbajal
Escritor - Colaborador

A Jaime Casillas,

porque me enseñó

que cuando se tiene

algo que decir,

se dice con coraje.

Yo aquí sigo

con el cinturón abrochado,

pero allá nos vemos,

maestro-amigo.

Pórtese mal.


Si pronuncias, dios, la palabra hombre,
dila fuerte,

grítala,

porque del hombre al hambre

sólo hay una letra,

y luego por acá no se te entiende

y a diario muchos de hambre mueren.

No tartamudees, dios,
que suena a balacera,
y tu aliento huela a pólvora a guerra,
a plomo incrustado
en el miedo de los niños,
de los niños que orinan el miedo
de tanto olor a cuerpo quemado.
No tartamudees, dios,
que por acá las madres se aterran.

No soples, dios,
no llores,
no orines,
porque aquí los diques no aguantan
y tus meados tus lágrimas
ahogan pueblos enteros.

Cámbiate de residencia, dios,
porque un metal en la sangre candente
me redobla palpitante de coraje,
cuando veo la belleza del cielo
y me dicen:
¡Mira, allí vive el divino!


sábado, 1 de marzo de 2008

IGLESIA UNIVERSAL DEL REINO DE DIOS

¿CÓMO SE INICIA UN BUEN NEGOCIO?
(PARTE I)

Mario Sánchez
Escritor - Colaborador

Si a mí me preguntaran ¿crees en el amor?, mi primera respuesta sería afirmativa y pensaría inmediatamente en esa mujer que es una “quimera” tan real como el sueño más despierto, una ilusión viva, una emoción desperezada y que, por si fuera poco, me tiene con las alas abiertas y muy muy lejos del suelo. De igual manera habría quienes contestarían que creen en ese amor que predicaba Jesucristo. Y hasta aquí todo marcha bien, todo parece un acto de humanidad y es respetable y plausible si funciona como un arma para hacernos más humanos. Pero existen quienes utilizan conceptos como éste para cautivar masas y hacer imperios que emanan poder y dinero… Sí, efectivamente, hablo de la secta llamada Iglesia Universal del Reino de Dios.

En 1977 a un hombre llamado Edir Macedo, en Brasil, se le ocurrió iniciar de manera oficial esta secta. A partir del delirio de pensarse un hombre orientado por el espíritu santo, comenzó a hacer reuniones en la Plaza Méier, pues no tenía los fondos para alquilar un lugar cerrado o construir un templo. La asistencia de ovejas fue incrementándose al llamado del pastor y paralelamente o por deducción matemática: a más ovejas más lana. Así es que tiempo después se pudo pagar por una antigua fábrica que fungió como el primer templo. En el lugar cabían mil quinientas personas, pero el rebaño siguió creciendo y el sitio tuvo que ampliarse. Actualmente, dicha fábrica tiene capacidad para dos mil personas, claro, cada quien con su respectivo asiento y como diríamos coloquialmente “a sus anchas”.

Según la historia oficial del surgimiento de la Iglesia Universal del Reino de Dios, a muchos de los seguidores de Edir Macedo les pareció una locura que aquel joven pastor tuviera la osadía de alquilar un inmueble que era muy caro. Pero menospreciaríamos nuestra inteligencia si nos quedáramos con el cuento oficial, pues una de las costumbres dentro de los principios de esta iglesia es:

Los diezmos y las ofrendas son tan sagrados, tan santos como la Palabra de Dios. Los diezmos significan fidelidad y las ofrendas el amor del siervo hacia el Señor. No se puede disociar los diezmos y las ofrendas de la obra redentora del Señor Jesús; significan, en verdad, la sangre de los salvos en favor de aquellos que necesitan de la salvación.

Así es que por lógica ya sabemos que ni tan loco el loco, pues si uno de sus principios es no fallar con el diezmo, entonces sería perogrullada decir quién realmente pagó aquel inmueble y por qué se atrevió a alquilarlo.

Por otro lado, en el plano de la bondad y el acto humanitario, Edir Macedo partió de la idea soberbia y megalómana de que en todo lugar siempre existe gente que busca la paz interior, que necesita orientación para salvarse a través de Jesucristo y así evitar ir a dormir abrasado por toda la eternidad. Pero no sólo eso, porque entonces de inmediato pensaríamos ¿y por qué el diezmo es tan importante si se trata de un proceso espiritual? Pues porque dicha iglesia supone resolver problemas de la vida cotidiana: enfermedades de riñón, de corazón, de pulmones; problemas de infidelidad, de amor, de matrimonio; económicos, empresariales; de adicciones, etcétera. Es más, un día a la semana hay una reunión enfocada a cómo ser mejor empresario, ¡si lo sabrán bien! Pero la cuestión no es tan sencilla, pues ellos necesitan recibir dinero para invertir y comprar todos los artículos por medio de los cuales salvan a la humanidad en la vida terrenal, artículos verdaderamente ridículos como: agua bendita traída del río Jordán, manto sagrado traído de Jerusalén, pañuelos benditos de tierra santa, rosa de Sharon traída de Medio Oriente, rosas rojas para mejorar la salud, rosas amarillas para conseguir prosperidad económica, aceite milagroso del huerto de Getsemaní para ungir fotos familiares, piedras de la tumba de Jesús, pan bendecido que cura enfermedades. ¡Llévelo, llévelo, para la tía, para la prima, para la hermana, salió a la venta…!

Actualmente, ésta secta con su lema “Pare de sufrir” se ha expandido por todo el mundo, existen templos en Angola, sí Angola, Francia, Portugal, Rusia, Israel, Japón, Chile Colombia, Estados Unidos, Venezuela, etc. Yo me imagino que con tantos templos ya le han de quedar como dos litros al río Jordán, una piedra a la tumba de Jesucristo y medio metro de hilo al manto sagrado.

Y es aquí donde llegamos a la respuesta de ¿cómo iniciar un buen negocio?: Se necesita el delirio de grandeza para creerse ungido y pensar que se salvará al mundo. Después se debe tomar una doctrina y adaptarla a la necesidades de la empresa propuesta. Se busca un montón de gente que sufre y se le extorsiona sentimentalmente diciendo que lo que se está haciendo se trata de un acto amoroso, como el que predicaba Jesucristo (Es en este punto donde regreso al principio y me quedo con mi respuesta del amor). Y ya entrados en gastos se les extorsiona económicamente, ya sea vendiéndoles artículos extravagantes o inculcándoles la idea de que el diezmo es tan sagrado como la palabra de dios y significa el amor del siervo (esclavo) hacia el señor. Obviamente la gente convocada tiene que tener la voluntad precisa para dejarse engañar, es decir, deben tener la voluntad suficiente para respirar, pues un poco más allá de eso ya no surte efecto la mentira (“el que por su gusto es buey hasta la yunta lame, dice mi abuela”). Y ya está el negocio perfecto que ofrece dinero y poder.



viernes, 8 de febrero de 2008

EN EL CALLEJÓN DE LA CONDESA

Mario Sánchez
Escritor - Colaborador


Jesús vacila, busca el camino por donde

ha de llevar las palabras y lo que le sale
no es la larga explicación necesaria,
sino una frase para ganar tiempo,
si es que no resulta más exacto decir perderlo.
José Saramago

Eran las dos y media de la tarde cuando estaba parado en la esquina de Tacuba y Eje Central. El sol caía de lleno sobre el pavimento y el techo de los edificios. Las sombras se proyectaban a lo largo de la calle y hacían un juego simétrico de claros y oscuros. Debía ver a un amigo, a las tres, en el restaurante de esa esquina. Me encaminé hacia la Plaza Manuel Tolsá, encendí un cigarro y el humo fue a confundirse con el olor a incienso que salía de los puestos ambulantes a un costado de El Caballito. Miré el pasar del mundo y, con la intención de entretener el tiempo, intenté hacer una historia de las primeras personas que pasaran y llamaran mi atención. Vi, entonces, una procesión de estudiantes uniformados. Para cruzar la calle se alinearon en la orilla de la banqueta alrededor de veinte niños vestidos con pantalón o falda gris y suéter verde. Iban tomados de la mano por parejas conformadas por sexos opuestos. “Juan, cuidado, no te sueltes de tu compañera”, gritó una maestra, y el niño avergonzado lo único que deseaba era soltarse, porque quien iba a su lado le había dicho “qué asco, te sudan las manos”, pero lo que ella no sabía es que al niño sólo le sudaba esa mano de la cual iba tomada, porque ella era la causa de la mano húmeda, de los pasos torpes, del ensueño nervioso, porque lo obligaron a tomarse de la mano de esa niña, la que le gustaba desde hace mucho tiempo y a la cual nunca se hubiese atrevido a acercársele. Esta pequeña historia de amor infantil habría podido ser real, pero la inventé simplemente para presionar los veinte minutos que aún faltaban. Sin embargo, poco tiempo después me percaté de que las cosas no se buscan ni se inventan, las grandes historias llegan solas.

Crucé la acera junto con la bandada de niños y fui a meterme al Callejón de la Condesa. De un lado y de otro se extendían grandes hileras de libros, en el suelo o sobre mesas bajas. Había desde libros de recortes para niños hasta ediciones empastadas en cuero de enciclopedias viejísimas. Inicié por la derecha buscando algo, nada en particular sino cualquiera que pudiera interesarme, y en esa búsqueda encontré algo que no tenía que ver con letras impresas.

Una pareja de adultos, que también habían decidido iniciar por el lado derecho del callejón, muy cerca de mí, se inclinaban para mirar. Se pararon a mí lado y en ese momento sentí que algo bajo pasó y rozó el costado de mi pierna. Volví la mirada hacia la izquierda y hacia abajo. Era un niño que estaba entre los cinco y los siete años. “Mira ése, ¿ya lo leíste?, está muy bueno”, dijo la mujer con cierto tono soberbio, y el hombre que la acompañaba asintió con un movimiento de cabeza. La mujer repitió la operación varias veces y el hombre, ya sin mirar lo que ella señalaba, afirmaba con un sí casi imperceptible o con un gesto o con el mismo movimiento que en un principio. Me percaté entonces de que él no era el padre del niño, que ella era madre soltera e intentaba iniciar una nueva relación con un hombre complaciente. Pero el niño no quería quedarse atrás, debía demostrar que él también sabía leer. Entonces se inclinaba, esforzaba la mirada e iba deletreando los títulos como quien camina en el bosque buscando las huellas de un animal en un camino cubierto por las hojas. Se quedó en un libro que tenía el título en letras doradas. El-ar-te-de-la-gue-rra, dijo el niño y volvió la mirada hacia su madre para que ella ratificara que había leído bien o lo corrigiera en caso contrario. Sí, El Arte de la Guerra, confirmó la mujer. Pero cómo el arte de la guerra, dijo el niño. La madre lo ignoró obviando, a la vez que trataba de disimular, que ese libro no lo había leído. Por qué se hace la guerra, mamá, preguntó el niño sin quitar los ojos del libro. La madre trató de explicar que se trataba de países que entraban en conflicto y entonces iniciaban una pelea y que era algo muy malo porque moría mucha gente. Por supuesto, sin acercarse en lo más mínimo a la respuesta del por qué. El niño, insatisfecho, sabía que como tantas otras veces su madre se trabaría en una serie de circunloquios que nunca contestarían nada.

Y por qué diosito inventó la guerra, sentenció el niño. Y a mí se me encresparon los nervios, porque los circunloquios, los eufemismos, toda la perífrasis del mundo no le alcanzaría para llegar siquiera a tocar con la punta de los dedos una respuesta plausible. Esa no la inventó dios, dijo la madre con ese tono que tienen ellas para poner un alto a la conversación. Pero dios inventó todo, se aferró el niño. Pero eso es cosa de los hombres malos, resolvió la mujer. A los hombres también los hizo dios, concluyó el niño. ¡Mira!, dijo la mujer y señaló un libro que en la portada tenía dibujos de caricaturas.

El niño, me atrevería a afirmar, se quedó con un hueco que su madre no pudo llenar o que llenó de aire en lugar de ocuparlo con una respuesta lógica. ¿Cómo llenar ese hueco primordial de un niño que pregunta porque busca las razones de lo que hay en el mundo? Esta madre eligió el aire; ese aire con el que se llenan los huecos de la razón y al cual se le ha nombrado: dios.

Los vi alejarse, la madre tomó al niño de la mano y recorrieron todo el callejón, quería seguirlos para continuar contando esta gran historia que se me apareció de la nada. La cabeza se me llenó de cosas, cuál era la enseñanza de esto, qué me habría dejado, cómo desmenuzarlo y plantearlo aquí. Finalmente, decidí dejarlo así, como una gran anécdota, pues ante los hechos contundentes no hay nada qué decir. Me callo, entonces.

Eran cinco para las tres, crucé la calle y entré al restaurante.



martes, 22 de enero de 2008

Ay, Diosito, Échale la Mano a la Selección

(Mario Sánchez)

El gol que soñé toda mi vida
lo hice en un mundial.(1)
Diego Armando Maradona


A veces observo con calma el caos de todos los días. Entonces me angustio ante la ajetreada cotidianidad, la violencia exacerbada, la neurosis al borde de la locura, los asesinatos, la pobreza extrema, el hambre, la injusticia y todo aquello que nos circunda y de lo cual no podemos despojarnos. Es en ese momento cuando creo en dios y lo imagino sentado en un sillón enorme, con los ojos clavados en la televisión, con una cerveza en la mano, y bien puesta la camiseta de su equipo favorito. Un dios aletargado mirando el futból, haciendo tronar el cielo de alegría con cada gol anotado, insultando al árbitro, entristeciéndose cuando marcan un penal en contra de su equipo. ¿Y él mundo?, imagino que le pregunto en ese instante, Ahorita en el medio tiempo lo atiendo, me responde. Y el medio tiempo nuca llega.

Sin embargo, esta conducta no es exclusiva de seres divinos. Mi imaginación tiene como base lo que sucede en el plano terrenal. He visto gente que se vuelca completamente sobre un partido de futból, no existe para ellos nada más que veintidós personas y un balón, y si juega la selección entonces sí se pone bueno, pues se está disputando no sólo un campeonato, sino también la identidad nacional, ese sentimiento patriótico. Existen personas que durante los noventa minutos de un partido se comportan como si hubiesen apostado una pierna. Las televisoras llaman a esta enajenación (con sus ya acostumbrados eufemismos) “la pasión del futból”.

Si analizamos esta frase con cuidado podríamos entender que tal vez es más duro el eufemismo que el concepto de enajenación. Pues el futból se convierte en un juego que hace resaltar las pasiones humanas, entendidas éstas como sentimientos y estados de ánimos profundos, que salen a flote de manera violenta, que pueden incluso perturbar el ánimo y crear sentimientos vehementes de odio, de ira, de amor, etcétera. Y quién puede negarlo si las pruebas son contundentes, ¿no se llena el ángel de gente feliz que salta, hace escándalo y disturbios cuando se celebra un partido ganado, no la gente entristece, se enoja, despotrica contra jugadores y contra todo aquel que se le pone en frente cuando pierde su equipo, no hay violencia en los estadios entre personas con distintas camisetas? Y es que el futból, en particular un equipo, se vuelve un fetiche para el fanático, quien le coloca una carga afectiva y, entonces, lo convierte en un objeto amoroso; el espectador hace suyo el objeto y cualquier decepción deportiva es asumida como un fracaso personal.

El futból ha establecido un vínculo muy estrecho con la religión. Se llevan a cabo rituales donde las iglesias se llena de plegarias y todas van en el mismo sentido: “Ay, diosito, échale la mano a la selección, amén”, dicen el que apostó la pierna y todos los que lo rodean. Es más, la iglesia, siempre bien despierta, ya aprovechó para inventar a un santo niño futbolero, lo cual, por supuesto, atrae más ovejas y como consecuencia más monedas para el pastor.

Cuando me enteré de la existencia de dicho santo y después de escuchar gente pidiéndole a dios por su equipo, me pareció extravagante, sumamente curioso y hasta ridículo en cierto sentido. La situación se me hizo inverosímil, pues ahora pedir por el partido del domingo y no por la salud, la paz, el bien común… Pues, ni modo, cada quien, me dije. Pero el colmo, ya cuando no pude aguantar más y me reí hasta que me dolió el estómago y la mandíbula, fue cuando el 9 de enero me enteré de que Papa Benedicto XVI abogó para que el juego del futbol sirviera como ejemplo de honestidad y fraternidad: ¿honestidad?, ¿se habrá referido al gol que Maradona metió con la mano en el mundial del 86 y por el cual le ganó Argentina a Inglaterra 2-1

"Pueda el juego del fútbol ser siempre vehículo de educación de los valores de la honestidad, la solidaridad y la fraternidad, especialmente entre las jóvenes generaciones", declaró el prelado. Indiscutiblemente el señor nunca ha estado en la tribuna de un Pumas-América, porque si fuera así sabría de toda la violencia que suele darse en los estadios, de los golpes y agresiones entre fanáticos de equipos opuestos. ¿Cuántas veces no hemos visto violencia, embriaguez, una pasión exacerbada que sólo demuestra odio entre seres humanos? Ah, que señor tan ocurrente, y todo para quedar bien con el equipo de la serie D de la liga italiana que estaba presente en ese momento.

Por supuesto, plan con maña, pues qué no se atrevería a decir la iglesia para persuadir más personas de acercarse a la religión. Están arredrados, temerosos porque cada vez ven más lejos su propósito de enajenar a la sociedad entera, una sociedad cada vez más escéptica. Ahora, el futból puede ser un buen intermediario, pues si la iglesia apoya el futból, los fanáticos de dicho deporte están más cerca de dios y de los interesas de su institución.

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(1) Dicho esto por Maradona en una entrevista que le hicieron para un canal de televisión en Argentina. Se refiere al gol que le dio el triunfo a Argentina en el mundial de México en 1986. Maradona anotó ese gol con la mano y él mismo lo nombró “la mano de Dios”.



martes, 8 de enero de 2008

SOCIALISMO CRISTIANO

(Mario Sánchez)

El hombre se ha dedicado a marcar profundas caligrafías en el mundo, marcas que como tatuajes quedan dibujadas en la tierra y a las cuales llamamos historia. A través de este juego de ir construyendo un pasado conforme se actúa en el presente, la humanidad ha buscado organizarse, en primer lugar, para adquirir una posición en el universo, y en segundo, para encontrar el orden que beneficie tanto al individuo como a la sociedad. Y esto ha sucedido siempre con base en mitos, teorías, doctrinas y modelos políticos, sociales y económicos. Dentro de uno de estos órdenes o búsquedas se encuentra el socialismo cristiano, que es el intento de la iglesia de meter la nariz cuando el socialismo se encontraba en sus orígenes, pero terminó metiendo la pata (nada raro). El por qué de este chasco y las razones por las cuales el socialismo hizo a un lado la intervención eclesiástica, no fue sólo por mero egoísmo o porque la doctrina socialista tuviera fundamentos ateos, sino porque dentro de la misma postura religiosa había una gran paradoja; contradicción imposible de conciliarse con la búsqueda de un nuevo orden social. Habría, primero, que explicar grosso modo el contexto y los orígenes del socialismo:

A finales del siglo XVIII y principios del XIX, el liberalismo era el modelo predominante en el orden social europeo. Se presentó con gran auge una transformación industrial que trajo consigo una acumulación de riquezas por parte de los dueños de los medios de producción con base en la explotación del obrero, se exaltó la propiedad privada y, en términos meramente económicos, el liberalismo económico o teoría de la libertad económica se rigió por la máxima del laissez faire, laissez passer (dejar hacer, dejar pasar). Dejar hacer: cancelar las limitaciones del intervencionismo y abrir el campo a la iniciativa individual con fines de lucro; dejar pasar: abrir las puertas de las naciones, suprimiendo las barreras aduaneras, de modo que se estimule y active la circulación de la riqueza. Frente a este orden social individualista, con una minoría que era la que podía ejercer la libertad económica, con el proletariado como pobres desprovistos de ciudadanía activa, surgieron las primeras críticas hacia el liberalismo y con ellas las ideas primordiales del socialismo.

El socialismo fue una doctrina o modelo que surgió como un movimiento de clase industrial, se apoyaba en las ideas del Iusnaturalismo en cuanto a los principios de la libertad personal y la racionalidad; en el planteamiento de Rousseau en cuanto a la voluntad general de la comunidad para la regeneración de la sociedad, pues para Rousseau la caída del Estado de igualdad era una consecuencia de la propiedad privada; y en la Revolución Francesa, aunque parece que ésta coincidió con el socialismo pero nunca hubo un vínculo necesario, es decir, no fue la Revolución Francesa un fundamento indispensable para la crítica hacia el liberalismo y el surgimiento del socialismo. Las características primarias y más generales de este primer socialismo tenían como principios la combinación de la fe racionalista y la crítica al nuevo individualismo; oposición a la propiedad privada; confianza plena en las ideas de cooperación y, por supuesto, repartición equitativa de la acumulación de la riqueza: en busca de un nuevo orden social, con tintes claramente humanistas.

Es en este punto donde se creyó que se podían llevar a cabo conclusiones socialistas derivadas de preceptos religiosos, pues el socialismo y la religión coincidían en los principios humanistas de la igualdad entre personas y la cooperación, pues dicho planteamiento de igualdad, decía la iglesia, había sido predicado ya por Jesús. Así surgió el socialismo cristiano que en un principio sedujo a los filántropos de la clase media (la clase media tenía un vínculo estrecho con la iglesia), pero ya la primera contradicción era que éstos estaban de acuerdo con el planteamiento económico del liberalismo (laissez faire), es decir, “somos buenas gentes pero nada más de dientes de oro para afuera”. Porque ¿dónde quedaban entonces los planteamientos de la repartición equitativa de la riqueza y de no a la propiedad privada? Se logró, sin embargo, hacer conciliaciones reales. En Inglaterra, por ejemplo, hubo un grupo de Disidentes Evangélicos decepcionados del liberalismo que adoptaron férreamente las ideas socialistas. Sin embargo, como el socialismo comenzó a tomar fuerza y establecerse con solidez, se percataron de que sus ideas humanistas no estaban teñidas de preceptos religiosos sino de teorías como las ya mencionadas del Iusnaturalismo y de Rousseau. Teorías de orden meramente filosófico y racional, no de creencias que la iglesia suponía.

Por otro lado, la gran paradoja que logró romper definitivamente el socialismo cristiano, fue la oposición entre la máxima de austeridad propuesta por la iglesia y el reparto equitativo de las grandes riquezas que se estaban produciendo. La iglesia hablaba acerca de que si todos los hombres eran iguales, entonces todos tenían derecho a cubrir sus necesidades básicas, pero en oposición, el socialismo no hablaba de cubrir necesidades básicas, sino de hacer una repartición de la gran acumulación de riquezas que el desarrollo industrial estaba generando, con el fin de cubrir todas las necesidades materiales razonables. Es aquí, entonces, donde la puerca torció el rabo, porque la iglesia se contradecía en cuanto a condenar las ganancias materiales y buscar una mayor igualdad, ¿cuál igualdad si no hay repartición equitativa?, es decir, la iglesia, aferrada a su idea de austeridad, no estaba plantada en la situación real de la producción, y fue así como no pudo concretarse un socialismo cristiano. Y al parecer, si lo pensamos con detenimiento, es otra vez un ejemplo contundente de los grandes errores que hemos visto que la iglesia ha cometido constantemente: querer aferrar sus preceptos morales, sus fundamentos religiosos sin bases sólidas, ciegamente, a las realidades políticas, sociales y económicas en que se desarrolla la humanidad. Sin embargo, de cualquier modo, aun con este referente histórico, que no alcanzó su fin, por supuesto, me es imposible pensar en un socialismo cristiano, pues ¿qué no es la iglesia una gran acumuladora de riquezas que constantemente está buscando satisfacerse e hincharse de dinero y poder? Entonces, ya no sólo entra en contradicción con el socialismo, sino también consigo, pues yo no le veo la austeridad por ningún lado.


miércoles, 19 de diciembre de 2007

UNA RELIGIOSA DE CERVANTES

(Mario Sánchez)

…lavarle los pies al muerto
para no ensuciarle el tapete a San Pedro.
Amparo Arcos

Hace unas semanas fui a escudriñar en una librería de viejo, estuve horas dando vueltas entre los libreros abotagados; las letras apolilladas saltándome a la nariz con ese olor a hojas húmedas, a páginas desgastadas por los ojos de otros que también se desgastaron de ser leídos. Encontré allí, gracias a uno de esos saltos que suele hacer la literatura en el tiempo y por los cuales lo anula, “El rufián dichoso”: la única comedia de santos de Cervantes, escrita alrededor de mil seiscientos. Primero, habría que aclarar qué es una comedia de santos: se trata de un género del siglo de oro español que tiene a bien representar los vicios, costumbres, situaciones o formas de ser de la sociedad, por supuesto, en torno al tema religioso que funge como base donde se desarrollan las situaciones dramáticas. El conflicto de la obra se da en una lucha de fuerzas del bien contra el mal, donde triunfa indudablemente el bien. Así, en este retrato social se intentan afianzar los valores establecidos, y en un sentido más profundo e individual, redime al hombre de desgarrarse ante la presencia de las pasiones oscuras. Podríamos decir simplemente que la risa le da levedad a los dolores del alma.

Devoré entonces “El rufián dichoso”. Con esa precisión magistral de Cervantes el título en sólo tres palabras encierra la línea argumental del texto, lo cual es maravilloso, pues se trata del título que cuenta todo pero no vende la trama. Es una comedia dividida en tres jornadas (actos) donde está perfectamente delineada la estructura dramática, marcadas claramente las peripecias sobre las cuales evoluciona y se va transformando el personaje: Cristóbal de Lugo (protagonista) es un joven hijo de un tabernero y criado del inquisidor don Tello de Sandoval, quien lo salva constantemente de pagar por todos sus delitos. Lugo, con su daga siempre en la cintura, se ha apoderado del respeto de todos los hampones de Sevilla, es asesino, ladrón, y vive enredado con las prostitutas, quienes le han tomado tal cariño y respeto que una de ellas (Antonia) piensa en hacerlo padre de una mancebía, entendida ésta en su acepción de burdel. El padre de una mancebía en aquel tiempo era lo que actualmente se conoce como padrote, es decir, aquel hombre que se sirve económicamente de las prostitutas a cambio de protección. ¿Padre=sacerdote, padre=padrote?, qué buena homonimia.

Por una situación (la cual no cuento como mero pretexto para invitarlos a que lean la obra) que en un principio me pareció débil, pero que de acuerdo con el carácter del personaje es completamente verosímil, el protagonista deja el hampa, va a México para convertirse en sacerdote y pasa impecablemente todo el proceso para lograrlo. Aparece entonces una mujer llamada Ana, la cual está enferma de lepra y ante el sufrimiento de su padecimiento reniega de dios con argumentos interesantes, aunque enervados por el conflicto y el evidente resultado. Aquí se desarrolla un diálogo donde la situación extrema incita a los personajes a discutir acerca de la bondad o la maldad de dios; ponen en tela de juicio la creencia y si tantos sacrificios y buen comportamiento valen la pena cuando al final viene dios a poner pruebas que tienen más cara de castigo. Sí, como lo que le sucedió a Job y que para otorgarle las palabras que le corresponden citaré un diálogo de Lugo: “¡Vive Dios, que es de humor el hideputa!

Finalmente, en un acto milagroso aquel joven, en un principio gran rufián, salva a doña Ana y adquiere la enfermedad. Bajo este milagro, los prelados que están a su cargo quieren colocarlo dentro de las más altas jerarquías eclesiásticas, pero él se niega, pues sabe que no lo merece y que lo que le sucede es el pago por los pecados cometidos en Sevilla. Vive veintitrés años con el cuerpo cubierto de llagas y al final de su agonía se presenta el diablo en espera de que Lugo reniegue de su fe y entonces sí, derechito al infierno. Sin embargo, el protagonista no se arrepiente y sufre lentamente hasta el último suspiro. Entonces sucede algo muy interesante que no contaré otra vez como pretexto...

Sin duda se trata de una gran obra que no podemos desdeñar simplemente porque la dicha se encuentre en el acercamiento a dios, no hay moraleja, por supuesto, sino una postura de acuerdo con la época. Estamos hablando de un contexto donde la inquisición estaba presente en España, y en México el proceso evangelizador estaba golpeando, literalmente, con fuerza. Estar en contra de leer algo que se pone a favor de los valores religioso, y por esta razón, evitar esta obra, sería en un momento dado permanecer ciegos ante aquello que funcionaría como base de la crítica que en contra de las religiones venimos realizando. No se trata de negar solamente, pues para alcanzar la crítica y la negación de la existencia de dios o para oponernos a las religiones es indispensable que busquemos la crítica desde el conocimiento, desde el análisis y el entendimiento de aquello a lo que nos oponemos. Así, considero esta obra un claro ejemplo que nos deja enseñanzas y puede servir de punto para encontrarle un defecto más al pensamiento religioso. Y tengo la certeza de dicha enseñanza porque este texto me proporcionó ideas para afirmar que la religión no evoluciona, que está estancada en el tiempo y está siendo devorada o se está devorando a sí misma, pues ante la evolución inexorable y perenne de la razón, la religión se queda atrás y no puede sustentarse. Y ahí va el por qué.

Ya para la primera mitad de mil seiscientos Descartes estaba tramando el racionalismo, corriente filosófica que ponía su confianza en la razón, las ideas o el pensamiento. La ilustración se planteó como un movimiento que tenía como base dicha confianza en la razón humana, la cual en su desarrollo implicaría el progreso de la humanidad. Y las ideas iusnaturalistas ya proponían la razón como capacidad crítica. En este proceso un fin primordial era deshacerse de la escolástica; de todo el sistema dogmático que permeaba a la humanidad y que bajo su yugo no permitía la evolución del hombre. Estos acontecimientos, iniciando por Descartes, quien en un momento dado justifica la existencia de dios, seguramente para salvar la cabeza de la inquisición, fueron un parte aguas en el progreso de la razón humana, pues a partir de allí el pensamiento fue creciendo hasta llegar a lo que hoy podríamos entender como razón y de los que ella se ha producido.

Por otro lado la postura religiosa se quedó estancada, pensando exactamente en lo mismo que se nos presenta en la obra de Cervantes: pensando en el sacrificio para ganarse un pedazo de cielo, pagando las culpas, aguantando las pruebas cara de castigo, etcétera: ¿Viviendo un infierno en la tierra para no ir al infierno? Entonces aquí, ya en concreto, lo interesante es cómo puede existir gente con ese pensamiento religioso ya tan arcaico.

El ejemplo claro, evidente que podemos traer a una situación actual, son aquellos que el pasado doce de diciembre se destrozaron las rodillas, caminaron forzando el cuerpo hasta el desmayo, llevaron a cabo actos de sacrificio para apartar un lugar en el cielo. ¿No es esto una muestra clara de cómo la religión está estancada y quienes la llevan a cabo viven en un razonamiento antiquísimo? El pensamiento religioso sigue siendo el mismo de hace alrededor de cuatrocientos años, siglos más si pensamos en la postura de san Agustín, y más aún si hablamos de los Estoicos. En cambio la razón allí va, a velocidades ilimitadas, evolucionando, exigiendo más de lo único que nos hace humanos: la razón misma. Es por esto que ante la razón, la enajenación religiosa se queda muy pequeña, porque la razón sigue creciendo mientras el pensamiento religioso ya se quedó muy atrás. Sabemos que el más grande siempre devora al más pequeño, y a veces, el más pequeño para evitar ser tragado, se devora a sí mismo.



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domingo, 2 de diciembre de 2007

LA IGNORANCIA DE LA DESMEMORIA

(Mario Sánchez)

Todo lo que has perdido, me dijeron, es tuyo.
Y ninguna memoria recordaba que es cierto.


José Emilio Pacheco


Se ha convertido en lugar común decir que se debe recordar el pasado para no cometer los mismos errores, y como frase iterada hasta el cansancio se ha quedado vacía. La repetimos y la repetimos y la repetimos hasta extenderla en un llano que nunca cae a los desfiladeros de la tierra. Pero escudriñar en la planicie de dicha frase nos obliga a otorgarle la certeza que conlleva. Dónde estás memoria, se dice el desmemoriado y olvida la pregunta. Porque el recuerdo se escapa y nos deja a su contraparte como abrigo, y de olvido se viste el único animal que cae dos veces en la misma zanja.

El domingo dieciocho de noviembre un grupo de alrededor de ciento cincuenta simpatizantes de López Obrador (¿juaristas?) se encontraban reunidos en la llamada Convención Nacional Democrática. Indignadísimos irrumpieron en la catedral, motivados por la provocación del repiqueteo de las campanas que se extendió y no permitió escuchar a los oradores de dicha convención. No sé si es porque me gusta el sonido de las campanas, pero las razones me parecen parcas, en los huesos y agusanadas. Sin embargo, por qué no pensar también en el hecho de la provocación. Las cartas están puestas sobre la mesa y es una de esas discusiones que andará en círculos hasta que se desgaste y se olvide.

Ya se ha visto demasiado de este juego de risa, ya hubo demandas, discusiones, fotos para la prensa, peticiones, declaraciones y todo aquello digno de un pleito de “siempre ocupa los lavaderos y no me deja lavar mi ropa”; ya la catedral se cerró como niña arredrada por el monstruo del armario, ya fue reabierta… Podríamos hacer análisis y juicios sobre lo reprobable de este suceso; podríamos ser imparciales o decir “me da igual”; podríamos repartir las culpas que a cada quien le corresponden y seguir así hasta el cansancio de mis dedos o de su ojos frente a la pantalla. Pero las cosas van más allá de la miopía, no se trata de entender el suceso aislado como un hecho presente que los medios de comunicación explotan como si fuera algo nuevo, nunca antes visto. Creo, en realidad, que es aquí donde debe tener su participación la memoria.

Cavar en el recuerdo y encontrarle la raíz nos dice mucho más que las hojas altas del árbol. Pero siempre miramos el verde de arriba. Como bueyes aramos en línea recta sin volver la mirada. Es cierto que las grandes discusiones se presentan, evolucionan y se repiten, es en la banda de Moebius donde buscamos la razón de por qué y para qué (¿es la falta de memoria inherente al ser humano?), pero los puntos que ya han sido concretados y aceptados también se nos olvidan y “ai va la burra al trigo”.

En 1825, en Guadalajara, se publicó un texto denominado Conjuración del polar contra los abusos de la Iglesia, escrito por un hombre de familia acomodada llamado Anastasio Cañedo, quien en sus primeros escritos firmaba como El polar para mantener el anonimato y evitar afrentas. El autor en dicho texto hace una denuncia férrea contra todas aquellas trabas que la religión y la Iglesia ponen a la concreción de los fines de la independencia; a la estructuración de una nación independiente. Parte del punto donde las religiones, en todos los sentidos, son el gran mal que afecta al mundo y por supuesto a México: “Todas las religiones del mundo han dado siempre origen al trastorno de las sociedades, y sus crueles sacerdotes, para defenderlas, han agotado en su favor todos los recursos de la superstición”. “Yo me desconsuelo siempre al ver mezclados entre nuestras leyes constitucionales, artículos que solo hablan de religión.”. Y así, en este tono de discurso, Cañedo va desmenuzando uno a uno los males que detienen el avance de la sociedad: Se opone terminantemente al pago obligatorio del diezmo que empobrece a la gente (en esta época la Iglesia cobraba hasta por respirar); censura la autoridad del Papa sobre las propiedades del hombre, y así continúa oponiéndose y proponiendo un gran número de cosas que atañen a los abusos de la Iglesia. Ésta, por su puesto, refuta la postura del autor y lo amenaza (si logran saber de quién se trata) de castigos severos y, claro, la excomunión. Al final de otro escrito muy similar, Anastasio Cañedo con una burla inteligentísima dice que seguirá denunciando al igual que estará en los templos de quienes lo amenazan, pues nunca sabrán su nombre y, entonces, los mismos que lo reciben con las puertas abiertas, ignorarán que tienen al mismísimo diablo en su seno.

Más allá de la defensa de los intereses del pueblo y el despojo del yugo eclesiástico para lograr los fines independentista y la estructuración y avance de la nación, en este texto ya hay un conato importantísimo de lo que después será la separación de la Iglesia y el Estado. No se plantea tal cual, es decir, textualmente no se menciona y hasta parece contradictorio que el autor vaya a misa mientras está inconforme. Sin embargo, con las propuestas y las denuncias planteadas ya se está iniciando la discusión de la injerencia de lo religioso sobre las cuestiones que le pertenecen estrictamente al Estado. Esta discusión se repitió durante varios años más e incluso con Comonfort, donde ya parecía llegar a algo concreto, se quedó en vilo. Pero en el gobierno de Juárez (1859-1863), en términos estrictamente normativos, se estableció en Las Leyes de Reforma la separación de la Iglesia y el Estado.

Podríamos extendernos en sucesos históricos entorno a este debate, sin embargo creo que el ejemplo es claro y concreto. Y es por estas razones que no sé si reír o llorar ante este merequetengue del dieciocho de noviembre. Ya aseguró el jefe de gobierno cámaras y seguridad al estilo “aquí tenemos el eslabón perdido” (¿podré pedir lo mismo para mi casa?); ya se regodearon y salieron en la foto los que querían sus cinco minutos de fama; ya Norberto se martirizó hasta el cansancio; ya los partidos políticos se dieron a notar como si de veras brillaran; ya… por favor. Sinceramente, me da tristeza que se haga de esto un hecho importantísimo, no porque no tenga, en el sentido social, político y cultural, las repercusiones debidas de cualquier manifestación y muestra de violencia, que por ese lado es evidente que tiene mucho valor y sabemos que cualquier pleito de vecindad es reprobable. Lo que me entristece es la perdida de lo humano, de la memoria; el triunfo del olvido, del desmemoriado. Porque esto es la repetición de lo que en el pasado supuestamente ya había quedado claro. Pero se olvida, se repite, se eleva hasta los actos penosos, como hombres la ignominia. Y se sigue andando de frente porque el tiempo no repara, se camina enceguecido y a cuestas se lleva la ignorancia de la desmemoria.